Microrrelatos

1, 2, 3, 4...

Tengo la cabeza tan llena de números y cifras que mi limitado microprocesador cerebral, ya un poco obsoleto, no es capaz de almacenarlos. Los números se han convertido en parte esencial de nuestra cotidianidad. Hasta esta dichosa corona de espinas que lacera la carne a tantos y constriñe el alma de todos lleva el número 19 en su ADN.

Cuando aprendía a sumar en la escuela, ocultaba, como tantos otros, los dedos bajo el pupitre (1, 2, 3, 4…) para que la maestra no se percatara de mi torpeza matemática. Nunca me he vanagloriado de no progresar adecuadamente en matemáticas; por el contrario, mi déficit en el aprendizaje matemático siempre ha sido un ingrediente más de alimento de mi baja  autoestima en momentos de bajón. Lo mío eran  las letras; dejé para otros, cuya inteligencia tanto admiraba. las raíces cuadradas o el cálculo de probabilidades.

Pero los números me persiguen y mis diez dedos no son suficientes  ahora  para contar el número de fallecidos, contagiados, los test  y EPIS que necesitaríamos, los días de confinamiento, los sanitarios en cuarentena, los besos a mis aitas, hermanos y amigos que me ha robado este huracán de dolor... La mayoría de mis preguntas , ahora existenciales de verdad, exigen una respuesta numérica:¿A qué hora homenajeamos hoy al último fallecido? ¿Cuánto se tarda en dar con una vacuna eficaz? ¿Cuántos parados traerá esta crisis?¿Cuánto debe durar el aplauso de las 8 para que el viento transporte el sonido hasta los hospitales?, ¿Cuántas personas hacen cola en la farmacia? ¿Qué distancia debemos guardar para no contagiarnos? ¿Cuál es la mejor hora para hacer la compra? ¿Cuál es la cantidad de papel higiénico políticamente correcta?  ¿Cuántos días hay que esperar hasta que el Sanytol vuelva a las estanterías del super?

Antes de esta primavera extraña  con sabor apocalíptico las cifras que más me asustaban eran menudencias domésticas o laborales: los extractos bancarios de final de mes, las notas medias de mis alumnos de selectividad, la subida de sueldo… (cierto es que otras  me ponían los pelos de punta de verdad, como el número de mujeres muertas a manos de sus parejas, la incesante procesionaria de refugiados o los muertos en viajes con billete solo  de ida tragados por el mar, números cuyo sonido ha menguado el estruendo  del coronavirus. Pero siguen ahí, no los olvidéis).

Hoy, mis dedos no alcanzan a contar todos estos guarismos  de luto que nos asustan. Pero los números son veleidosos y traviesos. Cuando se aburran de  ser los villanos de esta historia volverán a jugar a nuestro favor, y con la suma de todos, mis diez dedos artríticos serán suficientes para registrar las víctimas de la desgracia. Cuando esto ocurra, me congraciaré de nuevo con las matemáticas (del griego μαθηματικά, derivado de μάθημα, 'conocimiento'). Será pronto, seguro. ¿Cuántos días faltarán?

Begoña Saiz Ruiz de Loizaga

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