Microrrelatos

Cuestión de espacio

–Déjame sitio, Miedo, llevas varios días ocupándolo todo.
–No. Me siento cómodo aquí.
–Déjame sitio, anda. Podrás seguir revolviendo y cambiando las cosas de sitio a tu antojo.
–Mira que eres pesada, Culpa. Agotas a cualquiera. Venga, acércate. Pero espero que cumplas tu promesa.
–Claro que sí. Verás qué preguntas tan dolorosas voy a plantear. Me pedirás que te enseñe mi técnica. 

¿Qué haces jugando y riendo con tus hijos? ¿No ves lo que está pasando afuera? ¿Cómo te permites esos momentos de felicidad? Ya, ya, que no puedes hacer nada más que estar encerrada y seguir cuidando y criando a tus hijos. Ya, ya, esa letanía ya me la sé. Si te sientes mejor así… Pero otras personas hacen eso y a la vez trabajan, y otras están ahí afuera luchando. Pero claro, tú no puedes luchar como quisieras, no sabes nada de Medicina. Deberías haber hecho caso a tu abuela, ahora serías más útil. ¿Es tarde para eso? Pues sí, pero no te quejes, que ni siquiera teletrabajas. Anda que no tienes tiempo para estudiar… Que esto está siendo mucho más grave y va a durar más de lo que pensabas, tampoco llegues a creerte muy lista, cuidadito, que ahora a posteriori es muy fácil decir que ya lo sabías.

–Espera, espera. Creo que ya sé cómo lo haces. Déjame intentarlo, Culpa.
–Muy bien, Miedo. Sabía que te gustaría.

¿Y si el virus estuvo de verdad en casa y no se ha ido del todo? ¿No has tenido hoy un poco de tos? ¿Qué piensas ir al supermercado cuando la médica te levante la cuarentena? Ah, buena idea, quizás te lleves a casa el virus en un paquete de galletas de esas que se han terminado y tanto le gustan a tus hijos. ¿Es que no recuerdas el frío que sentiste cuando pensaste que quién se iba a querer ocupar de tus hijos si los adultos caíais? Mmm, ya veo que sí. Ese frío que no puedes explicar soy yo.

–Perfecto, Miedo. ¿Lo ves? ¡Juntos somos imparables! Ahora déjame seguir a mí.

Pobrecita, no lo pienses más. No hay virus en casa. Pero lo recuerdas bien. No conseguiste convencer a ninguna amiga, ni siquiera a tus padres, de que la cosa iba a ir en serio. Te comiste solita cien artículos sobre el virus y otras plagas. Solo conseguiste que te llamasen histérica y te mirasen como si estuvieses loca. ¿Cómo iba a pasar eso aquí? ¡Si es una gripe suave, vaya alarma! Y luego comenzaste a callar, porque viste que no te iban a hacer caso… y, si, por suerte, te equivocabas, a ver cómo te ibas a quitar la fama de encima. Solo hablabas con quien ya sabías que también sentía un peligro muy grande muy cerca. Preparaste el escondite mientras crecía Rabia.

–Culpa, no te olvides de mí. Yo sí que crecía.
–Ay, no, Miedo, no me olvido. Lo llenaste todo el día que la sensación de peligro se hizo real. 
–Sobre todo cuando llegó la fiebre.
–Sobre todo, Miedo, sobre todo. Memorable. 
–¿Y Rabia? 
–Rabia tuvo momentos memorables también. Rabia por haber acertado sin poder hacer nada. Rabia por no haberse atrevido a hacer lo poco que podía haber hecho. Rabia por enfermar. Rabia por no saber de qué enfermaba. Rabia por las muestras de colapso del sistema mucho antes de lo que la negativa e histérica había previsto. Rabia por ver que todas las medidas se iban tomando también aquí más tarde de lo que ella creía necesario. Rabia por saber que las cifras iban a crecer más y más. Rabia por no haber sido más valiente, rabia por aparentar despreocupación, rabia por no haber sabido explicar mejor cifras y curvas, ni siquiera ya durante la pandemia.
–Te equivocas, Culpa.
–¿Me equivoco? 
–Esa última eres tú. No fue Rabia. 
–A veces trabajamos juntas. 
–¿Dónde está Rabia ahora?
–Hace días que se ha ido. Cuando se marchó la fiebre, creo. 
–¿Y quién está entonces ahí, que parece que se acerca?
–Uf, no las soporto. Las optimistas de turno. Alegría me revuelve las tripas varias veces al día. Menos mal que la alejo con un arma infalible: las noticias. Y Esperanza… esa se mueve poco, pero no hay quien la amilane del todo. Al menos Alegría no para quieta, tan rápido viene como se va. 
–¿Vamos juntos a asustarlas, Culpa?
–Podemos intentarlo, pero quizás sea mejor pasar de ellas y que se aburran. 
–Así perderemos, Culpa. Se irán haciendo cada vez más grandes. 
–Lo sé, Miedo. Pero déjame disfrutar estos momentos. Nunca desapareceremos del todo. 
–¿Seguro?
–Seguro. Oye, para ser el Miedo en persona te veo algo cobarde. 
–¿Yo? No, yo de cobarde no tengo nada. Solo digo que a Alegría a veces la escucho demasiado y que Esperanza está tranquila. Y eso es lo que me menos me gusta. 
–Pues tal vez no estás haciendo todo lo que tienes que hacer, Miedo. Tal vez tengas que esforzarte más. Que estás como si hubieses ganado todas las batallas. 
–¿Yo? ¿Pero quién te has creído? Ya lo sabía yo, te dejé acercarte y ahora quieres ocuparlo todo. 
–Bueno, tú lo ocupabas casi todo.
–Mira, mira, calla. Ya está otra vez Alegría en danza. Y su amiga, sonriendo.

Gruxen. Laudio, abril de 2020.

Alcalde, Ander Añibarro Concejales-as de barrio Plan de Legislatura 2019-2023 Seguimiento de acciones: rendición de cuentas Portal de la transparencia Haz tus aportaciones Próximos eventos Buzones Mejora tu pueblo/Haznos tu consulta Manda tus noticias a la info-agenda Zuin Sede electrónica Subvenciones Domicilia tus impuestos Cursos de formación Mi pago Zure Laudio Visor de polígonos industriales Agenda 2030: hoja de ruta para el desarrollo sostenible del municipio Horarios de autobús Agencia de Desarrollo del Ayuntamiento de Llodio