Microrrelatos

¿Dónde estará mi carro?

Como lo leéis: voy a dejar de comer. Desde que el virus pandémico irrumpió en mi vida, salir a la compra se ha convertido en un martirio y, por mucho que estemos en Semana Santa, que es tiempo de penitencia, yo no estoy dispuesta a sufrir más. 

Durante los preparativos previos al 'shopping food' , me siento como la protagonista de una película de ciencia ficción: la mascarilla, los guantes, la peor ropa peor porque luego hay que lavarla ¡a sesenta grados! Con estas trazas y el desinfectante en el bolsillo, me lanzo a la calle a paso ligero, como piden las autoridades. Y es que en esta testitura, pararse a charlar un ratito con una conocida, aunque sea a dos metros de distancia, es casi un delito. Y si vas en coche, todavía peor. Te expones a que te pare la Policía.

El otro día me pasó. "¿A dónde va?", me interrogó un agente . "Al súper", le contesté, aunque saltaba a la vista porque el asiento del copiloto estaba lleno de bolsas vacías. "¿Dónde vive?", prosiguió. "¿No tiene una tienda más cerca?", llegó a sugerirme. "Siempre voy a ese súper; me es más fácil aparcar", repliqué. Y pude seguir mi camino.

Llegué a mi destino. Con el gel hidroalcohólico limpié el manillar del carro. Y a la cola. Miré a los que me precedían. No conocí a nadie a cuenta de las mascarillas. Alguien me saludó. "Disculpa, no sé quién eres", contesté en un arranque de sinceridad. Ya en el interior, reinaba el agobio. Fui llenando la despensa rodante hasta que me costó moverla; la aparqué para volver sobre mis pasos porque me había olvidado del pan. De regreso a la megacesta con ruedas, cogí al vuelo un kilo de lentejas, pero el carro ya no estaba donde tenía que estar. Fueron unos minutos de angustia pensando que tenía que repetir el castigo coronavírico. Recorrí el súper, escruté cada pasillo. "¿Dónde estará mi carro?", me martirizaba en alto para chufla de quienes me escuchaban Por fin, apareció abandonado a su suerte junto a una torre de papel higiénico. Respiré, pagué y me largué. 

Siguiendo los consejos de los expertos, una vez en el hogar –mi desinfectado hogar–, higienicé la compra y me rocié con alcohol. De seguir así, tengo miedo de llegar a arder. Ya no estoy para tanto sacrificio. Como lo leéis: voy a dejar de comer.

Mari Jose

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