Microrrelatos

Mi pueblo

Por culpa del coronavirus he tenido que cancelar el viaje iniciático de mi reciente jubilación que con tanto cariño había preparado. Los 3763,8 km que me llevarían hasta Rusia se han reducido a un desplazamiento desganado por los 90 m de mi casa (todo un lujo comparado con el hacinamiento que estarán sufriendo otros más desfavorecidos) y un recorrido “cuasi militar” para acción logística dos veces a la semana en un perímetro de medio kilómetro de los 37,5 en los que se encierra mi valle.

Mi pueblo, qué sintagma tan bello, evocador de travesuras infantiles, del primer amor, de guitarras e historias de miedo en el parque, el puesto de hojalata de chuches de la plaza, las verbenas de la plaza que observábamos comiendo pipas sentados en las escaleras de las monjas, el club Lagunak, las excursiones a Santa Lucía, el terrorífico cabezudo chino… Y sobre todo sus gentes.

Con la entrada en la “tercera edad” he vuelto a redescubrir estos espacios oníricos aunque han cambiado su fisonomía con los años. Deslumbrada por las luces de neón de la ciudad durante mi edad adulta, los tenía olvidados. Ahora regreso a mi pueblo no sólo en cuerpo, donde siempre he estado, también en alma. Como amantes que tras un paréntesis para saciar curiosidades y nuevos placeres se reencuentran vuelvo a ser vecina activa de mi pueblo, gracias sobre todo a mi ama. Juntas hemos aplaudido a la banda y al grupo de danzas, hemos comprado castañas en invierno y churros en verano, hemos recorrido el jolgorio del mercadillo de los jueves y admirado los productos de los puestos de baserritarras.

Los paseos por Zumalakarregi dirigiendo su silla y observando su felicidad al reconocer las caras de sus vecinos que le han acompañado hasta sus 86 años me han hecho reflexionar mucho. El pueblo es un útero en el que flotamos protegidos y plácidos. Mi ama pasea para mirar a sus vecinos y que le reconozcan, que le sonrían, que le certifiquen su identidad de vecina. Se ahueca en su trono como gallina clueca cuando la halagan y vuelve a casa plena, feliz, como una luna llena de placeres satisfechos tras pasar un buen rato en la atalaya del Lauri con un café. No habla, solo mira y reconoce a sus vecinos.

Ahora, he aprendido a saborear los dulces frutos de esta granada que es mi pueblo; bullanguero a veces, otras muy perezoso. Un pueblo que contiene otros muchos dentro, en el que nos hemos mezclado culturas diferentes, en el que lo rural y lo urbano conviven en competición para ver quién exhibe lo mejor de sí mismos. Un valle enmarcado por unas montañas hermosas. Y que nos regala néctares que alimentan nuestro cuerpo (las morcillas, las milhojas y bizcochos, las rabas y pinchos sabrosos en las terrazas.) y nuestra alma, aunque a veces menos de los que algunos quisiéramos (El cine de los sábados, conciertos en el casino, la creación de este blog , al que por desconocimiento de su existencia me he sumado tarde …)., .

En fin, un pueblo algo brutote, como esos chicos malos a los que es difícil no querer, que a veces usa la cabeza para embestir en vez de pensar, como diría Machado. Pero un pueblo noble, amable, integrador y solidario al que espero las nuevas generaciones hagan todavía más hermoso.

Begoña Saiz Ruiz de Loizaga

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